¡HOLA!

Me llamo Sara Qiu Liu.

Soy Médica especializada en Medicina Interna y monitora de Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad.

Mi misión es la de acompañarte en tu camino hacia el autoconocimiento y la autogestión de tu salud reproductiva y sexual.

Quiero que aprendas a desvelar los mensajes que constantemente te envía tu cuerpo (y que nuestro frenético mundo te impide escuchar).

Para así poder tomar decisiones basadas en la información y conocimiento, no en el miedo, la inercia y la confusión ni en los intereses del sistema; para que recuperemos por fin la responsabilidad y soberanía que nos pertenece sobre nuestro cuerpo, nuestra intimidad, nuestros ciclos, nuestra sexualidad, nuestras relaciones, nuestra salud. Nuestros cuerpos cíclicos.

¡HOLA!

Me llamo Sara Qiu Liu.

Soy Médica especializada en Medicina Interna y monitora de Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad.

Mi misión es la de acompañarte en tu camino hacia el autoconocimiento y la autogestión de tu salud reproductiva y sexual.

Quiero que aprendas a desvelar los mensajes que constantemente te envía tu cuerpo (y que nuestro frenético mundo te impide escuchar).

Para así poder tomar decisiones basadas en la información y conocimiento, no en el miedo, la inercia y la confusión ni en los intereses del sistema; para que recuperemos por fin la responsabilidad y soberanía que nos pertenece sobre nuestro cuerpo, nuestra intimidad, nuestros ciclos, nuestra sexualidad, nuestras relaciones, nuestra salud. Nuestros cuerpos cíclicos.

ENTRE

DOS

CULTURAS

ENTRE

DOS

CULTURAS

Como intuirás, mis apellidos no son españoles: mis padres proceden de China y se vinieron muy jóvenes a España. Yo nací en Madrid. Esta circunstancia me ha dado la oportunidad de conocer dos culturas diferentes, y, por tanto, a mantenerme abierta a otras formas diferentes de entender el mundo. Siempre he tenido la sensación de estar entre dos tierras, entre dos culturas. En mi casa he visto costumbres orientales acerca del cuidado: muchas hierbas y recetas, técnicas de acupuntura y moxibustión, y muchas explicaciones de la enfermedad más allá de lo orgánico, y que yo etiquetaba de superstición, pero que misteriosamente me atraían; mucha reticencia por los medicamentos y confianza en la capacidad de autocuración del cuerpo.

Pero, a medida que iban pasando los años y se acumulaba mayor tiempo de convivencia con la cultura occidental, también he visto cómo estos pilares de la visión oriental se han ido desmoronando y se iba desintegrando cada vez más la confianza en nuestro cuerpo y guía interior para relegar en mayor medida la gestión de la salud al sistema o a un tercero; desentendiéndose uno cada vez más de su propio ser, de sí mismo para poder atender a las exigencias o expectativas de la sociedad, de forma que nos mantuvieran alejados de nuestras heridas primarias emocionales, aquellas que a través de nuestro cuerpo nos hablan y nos avisan y a veces nos gritan desesperadamente que están ahí y que necesitan de nuestra atención y cuidado.

Terminé el Bachillerato de Ciencias de la Salud con una calificación que me permitió acceder al “Premio de Aprovechamiento Académico Excelente” de la Comunidad de Madrid durante los primeros años de mi carrera, Medicina y Cirugía.

Me licencié en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense de Madrid.

Comencé mi especialización en Medicina Interna en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Santander.

 

Como intuirás, mis apellidos no son españoles: mis padres proceden de China y se vinieron muy jóvenes a España. Yo nací en Madrid. Esta circunstancia me ha dado la oportunidad de conocer dos culturas diferentes, y, por tanto, a mantenerme abierta a otras formas diferentes de entender el mundo. Siempre he tenido la sensación de estar entre dos tierras, entre dos culturas. En mi casa he visto costumbres orientales acerca del cuidado: muchas hierbas y recetas, técnicas de acupuntura y moxibustión, y muchas explicaciones de la enfermedad más allá de lo orgánico, y que yo etiquetaba de superstición, pero que misteriosamente me atraían; mucha reticencia por los medicamentos y confianza en la capacidad de autocuración del cuerpo.

Pero, a medida que iban pasando los años y se acumulaba mayor tiempo de convivencia con la cultura occidental, también he visto cómo estos pilares de la visión oriental se han ido desmoronando y se iba desintegrando cada vez más la confianza en nuestro cuerpo y guía interior para relegar en mayor medida la gestión de la salud al sistema o a un tercero; desentendiéndose uno cada vez más de su propio ser, de sí mismo para poder atender a las exigencias o expectativas de la sociedad, de forma que nos mantuvieran alejados de nuestras heridas primarias emocionales, aquellas que a través de nuestro cuerpo nos hablan y nos avisan y a veces nos gritan desesperadamente que están ahí y que necesitan de nuestra atención y cuidado.

Terminé el Bachillerato de Ciencias de la Salud con una calificación que me permitió acceder al “Premio de Aprovechamiento Académico Excelente” de la Comunidad de Madrid durante los primeros años de mi carrera, Medicina y Cirugía.

Me licencié en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense de Madrid.

Comencé mi especialización en Medicina Interna en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Santander.

 

PERIODO DE FORMACIÓN

Durante mi formación, he podido comprobar las indiscutibles y valiosas aportaciones de la medicina convencional, pero también he podido observar ciertos déficits que repercutían, en última instancia, sobre la asistencia sanitaria, en especial la relación médico-paciente y la autonomía del paciente; básicas, desde mi punto de vista, para un sistema sanitario eficiente.

Durante mi especialización, tuve a mis dos primeros hijos, que cambiaron mi perspectiva completamente sobre el bienestar auténtico y real del ser humano.

Me formé en Medicina Interna, pero también empecé mi formación como madre.

La maternidad fue un auténtico giro en mi vida

PERIODO DE FORMACIÓN

Durante mi formación, he podido comprobar las indiscutibles y valiosas aportaciones de la medicina convencional, pero también he podido observar ciertos déficits que repercutían, en última instancia, sobre la asistencia sanitaria, en especial la relación médico-paciente y la autonomía del paciente; básicas, desde mi punto de vista, para un sistema sanitario eficiente.

Durante mi especialización, tuve a mis dos primeros hijos, que cambiaron mi perspectiva completamente sobre el bienestar auténtico y real del ser humano.

Me formé en Medicina Interna, pero también empecé mi formación como madre.

La maternidad fue un auténtico giro en mi vida

LAREVOLUCIÓN

DE LA

MATERNIDAD

LAREVOLUCIÓN

DE LA

MATERNIDAD

 

La maternidad despertó y aceleró muchos procesos en mí que me llevaron a decidir iniciar mi propio camino, a ejercer una medicina desde otro ángulo y re-definición, potenciando valores más acordes con mis principios, entre ellos, la recuperación de la responsabilidad que nos pertenece sobre la propia salud.

Gracias a la maternidad, me han llegado descubrimientos y conocimientos que, de otra manera, creo que no habría podido acceder; todos ellos relacionados con la figura y los procesos de la mujer como madre, como eje central de la familia y, por extensión, de la sociedad; con el binomio madre-hijo y todas sus transiciones: embarazo, parto, lactancia, crianza y, finalmente, fertilidad. En este orden es como he ido desgranando la información.

En la exploración de mis sombras, de la mano de la maternidad, también percibí cómo se había distorsionado el concepto y la vivencia del placer y de dolor, de la salud y la enfermedad.

 

Yo apenas había enfermado, o, más bien, apenas había necesitado de la asistencia sanitaria. Pero con la maternidad pude verme, digamos, en el otro lado de la bata médica. Estando embarazada de mi primer hijo, tuve que ir a controles, extraerme analíticas rutinarias, hacerme ecografías. El sentido de este protocolo lo entiendo, es bienintencionado, pero fue la primera vez que me sentí enferma, al acecho de que cualquier peligro o patología pudieran acontecer. Me asustaba la idea de que algo pudiera resultar patológico en las analíticas o en las pruebas de imagen. Si mi bebé no se movía durante un tiempo que yo creía demasiado largo, necesitaba hacerme una ecografía para asegurarme de que todo iba bien. Para acallar mi miedo a que cualquier incidencia, urgencia, emergencia pudiera ocurrir. Estaba constantemente temiendo que pudiera pasarme cualquier cosa de las que había visto en el Hospital (por aquel entonces, estaba en mi rotatorio de UCI, y había visto ya varias embarazadas ahí).

 

La maternidad despertó y aceleró muchos procesos en mí que me llevaron a decidir iniciar mi propio camino, a ejercer una medicina desde otro ángulo y re-definición, potenciando valores más acordes con mis principios, entre ellos, la recuperación de la responsabilidad que nos pertenece sobre la propia salud.

Gracias a la maternidad, me han llegado descubrimientos y conocimientos que, de otra manera, creo que no habría podido acceder; todos ellos relacionados con la figura y los procesos de la mujer como madre, como eje central de la familia y, por extensión, de la sociedad; con el binomio madre-hijo y todas sus transiciones: embarazo, parto, lactancia, crianza y, finalmente, fertilidad. En este orden es como he ido desgranando la información.

En la exploración de mis sombras, de la mano de la maternidad, también percibí cómo se había distorsionado el concepto y la vivencia del placer y de dolor, de la salud y la enfermedad.

 

Yo apenas había enfermado, o, más bien, apenas había necesitado de la asistencia sanitaria. Pero con la maternidad pude verme, digamos, en el otro lado de la bata médica. Estando embarazada de mi primer hijo, tuve que ir a controles, extraerme analíticas rutinarias, hacerme ecografías. El sentido de este protocolo lo entiendo, es bienintencionado, pero fue la primera vez que me sentí enferma, al acecho de que cualquier peligro o patología pudieran acontecer. Me asustaba la idea de que algo pudiera resultar patológico en las analíticas o en las pruebas de imagen. Si mi bebé no se movía durante un tiempo que yo creía demasiado largo, necesitaba hacerme una ecografía para asegurarme de que todo iba bien. Para acallar mi miedo a que cualquier incidencia, urgencia, emergencia pudiera ocurrir. Estaba constantemente temiendo que pudiera pasarme cualquier cosa de las que había visto en el Hospital (por aquel entonces, estaba en mi rotatorio de UCI, y había visto ya varias embarazadas ahí).

Desconfiaba de mi cuerpo.

 

Me sentía desarmada. Una ecografía, un dispositivo externo, sabía decir más cosas acerca de mi bebé y de nuestro bienestar, que mi propio cuerpo, cuyo útero estaba albergando ese bebé. Es, cuanto menos, desconcertante.

Ahora puedo ver que estaba DESCONECTADA de mi cuerpo. Que mi cuerpo era un mero vehículo para el hacer y el padecer, pero no para sentir e intuir. Se me había atrofiado esa conexión y esa complicidad con mi cuerpo, cuya existencia va más allá de ser un mero actor.
Es un barómetro. Es un aliado. Es un mensajero.

Piénsalo: ¿cuántas veces has procrastinado la atención a las necesidades de tu cuerpo? Por ejemplo, ¿verdad que has retrasado varias veces el momento de ir al baño a orinar hasta no aguantar más, argumentando que tenías que terminar no sé qué tarea?, ¿o cuántas horas de sueño has sacrificado, acallando tus necesidades de dormir a base de café, para responder a las exigencias del sistema?, ¿cuántas veces has ignorado tu sensación de hambre para poder cumplir con no sé qué expectativas?. Nos enseñan a poner nuestras necesidades básicas, a poner nuestros cuerpos en último lugar.

Pero no fue hasta mi primer parto cuando realmente viví la crudeza de ser paciente. Este parto fue inducido, por un supuesto oligoamnios. Desamparada, sin voz, me dejé hacer y guiar. De este modo, no te queda otra: confías en los profesionales. Pero en el fondo me sentía anulada. Algo que era tan sagrado para mí, dar a luz a mi primer hijo, se convirtió en mero protocolo y en una sucesión automática y mecánica de números, dosis, restricciones, pitidos. El acompañamiento más humano que sentí fue cuando se acercaban a decirme, dulcemente, que me inyectarían un poquito de haloperidol para calmarme. Yo no quería anestesia epidural, no quería más químicos a añadir a la oxitocina sintética. Pero no hay espacio ni tiempo para deliberar y expresarte. Me dejé hacer. Sin voz. 

Mi parto fue finalmente vaginal. Episiotomía protocolaria y dos segundos de piel con piel antes de que se llevaran al bebé a hacerle las rutinas hospitalarias.

Los restantes días en el hospital fueron más de lo mismo: profesionales mecanizados, saturados, también con su propias voces silenciadas. La relación profesional sanitario – paciente, sobre todo la de médico – paciente, estaba velada por la actitud protocolaria.

Nadie me enseñó a dar el pecho. “Nadie me enseñó a dar el pecho”. ¿No es algo que mi cuerpo, al igual que el parto, instintivamente sabe hacer?. Entonces, ¿por qué no tenía ni idea de cómo hacerlo?

Con mi segundo embarazo, se potenció este vórtice de transformación que se inició con mi primer hijo: me encontré, de forma casual (aunque para mí las casualidades no existen) con Casilda Rodrigáñez. Su libro, “Pariremos con placer”, fue una verdadera revelación para mí. Mediante su lectura, sentí algo muy especial, sentí que mi cuerpo se liberaba de cadenas ancestrales y culturales que hasta ese momento no había identificado.

 

Habité mi cuerpo por primera vez en mucho tiempo.

 

La maternidad me removió, me rompió esquemas que había aprendido en torno a la medicalización de la vida.

Con la maternidad, una revolución muy potente se apoderó de mí.

Mi realidad cambió por completo y mi profesión no iba a ser menos.

Sobre todo afectó a mi relación conmigo misma.

 

Desconfiaba de mi cuerpo.

 

Me sentía desarmada. Una ecografía, un dispositivo externo, sabía decir más cosas acerca de mi bebé y de nuestro bienestar, que mi propio cuerpo, cuyo útero estaba albergando ese bebé. Es, cuanto menos, desconcertante.

Ahora puedo ver que estaba DESCONECTADA de mi cuerpo. Que mi cuerpo era un mero vehículo para el hacer y el padecer, pero no para sentir e intuir. Se me había atrofiado esa conexión y esa complicidad con mi cuerpo, cuya existencia va más allá de ser un mero actor.
Es un barómetro. Es un aliado. Es un mensajero.

Piénsalo: ¿cuántas veces has procrastinado la atención a las necesidades de tu cuerpo? Por ejemplo, ¿verdad que has retrasado varias veces el momento de ir al baño a orinar hasta no aguantar más, argumentando que tenías que terminar no sé qué tarea?, ¿o cuántas horas de sueño has sacrificado, acallando tus necesidades de dormir a base de café, para responder a las exigencias del sistema?, ¿cuántas veces has ignorado tu sensación de hambre para poder cumplir con no sé qué expectativas?. Nos enseñan a poner nuestras necesidades básicas, a poner nuestros cuerpos en último lugar.

Pero no fue hasta mi primer parto cuando realmente viví la crudeza de ser paciente. Este parto fue inducido, por un supuesto oligoamnios. Desamparada, sin voz, me dejé hacer y guiar. De este modo, no te queda otra: confías en los profesionales. Pero en el fondo me sentía anulada. Algo que era tan sagrado para mí, dar a luz a mi primer hijo, se convirtió en mero protocolo y en una sucesión automática y mecánica de números, dosis, restricciones, pitidos. El acompañamiento más humano que sentí fue cuando se acercaban a decirme, dulcemente, que me inyectarían un poquito de haloperidol para calmarme. Yo no quería anestesia epidural, no quería más químicos a añadir a la oxitocina sintética. Pero no hay espacio ni tiempo para deliberar y expresarte. Me dejé hacer. Sin voz. 

Mi parto fue finalmente vaginal. Episiotomía protocolaria y dos segundos de piel con piel antes de que se llevaran al bebé a hacerle las rutinas hospitalarias.

Los restantes días en el hospital fueron más de lo mismo: profesionales mecanizados, saturados, también con su propias voces silenciadas. La relación profesional sanitario – paciente, sobre todo la de médico – paciente, estaba velada por la actitud protocolaria.

Nadie me enseñó a dar el pecho. “Nadie me enseñó a dar el pecho”. ¿No es algo que mi cuerpo, al igual que el parto, instintivamente sabe hacer?. Entonces, ¿por qué no tenía ni idea de cómo hacerlo?

Con mi segundo embarazo, se potenció este vórtice de transformación que se inició con mi primer hijo: me encontré, de forma casual (aunque para mí las casualidades no existen) con Casilda Rodrigáñez. Su libro, “Pariremos con placer”, fue una verdadera revelación para mí. Mediante su lectura, sentí algo muy especial, sentí que mi cuerpo se liberaba de cadenas ancestrales y culturales que hasta ese momento no había identificado.

 

Habité mi cuerpo por primera vez en mucho tiempo.

 

La maternidad me removió, me rompió esquemas que había aprendido en torno a la medicalización de la vida.

Con la maternidad, una revolución muy potente se apoderó de mí.

Mi realidad cambió por completo y mi profesión no iba a ser menos.

Sobre todo afectó a mi relación conmigo misma.

 

DE NUEVO

EN MI

CENTRO

DE NUEVO

EN MI

CENTRO

En esta reconexión conmigo misma, y a través de la maternidad, inevitablemente tuve que encararme con la sexualidad, la salud reproductiva.

Y fue así cómo encontré, entre otras cosas, los métodos de reconocimiento de fertilidad y cómo un nuevo mundo se abrió ante mí: el mundo de la salud femenina, de la salud reproductiva y sexual.

Para mí, y de acuerdo con Casilda Rodrigáñez, la represión sexual, en especial de la sexualidad femenina, es el origen de la dominación y del malestar humano. La mujer es, bajo mi punto de vista, el eje central del bienestar humano y de la sociedad, y por eso el sistema, no solamente el sanitario, emprende un encarnizamiento tan feroz y a la vez subrepticio contra la mujer.

Esta represión sexual va mucho más allá del coitocentrismo y la genitalidad que nos embuten constantemente los medios. De hecho esta manera simplista y fálica, pornográfica y denigrante de la sexualidad es parte de esa represión. La perversión del placer y la descuartización de la maternidad es la base de esta cultura de dominación, en la que la persona es el último eslabón en la escala de prioridades. Pero esto es un tema extenso y fascinante, imposible de tratar en esta presentación con la profundidad que se merece; y que conocí gracias a Casilda Rodrigáñez, a la que llegué con mi segundo embarazo. Siempre, siempre, siempre agradeceré toda la obra e investigación exhaustiva que hizo y hace. Visita su web para acceder a ella.

Así que cuando terminé mi especialidad de Medicina Interna, decidí volcarme de lleno en ello.
Me sentí comprometida: como mujer, como hija, como hermana, como madre, como médica, como persona.

¿Qué son los MRF y por qué los recomiendo?

Los Métodos de Reconocimiento de Fertilidad (MRF) se basan en la observación y registro diario de los llamados SIGNOS DE FERTILIDAD

(cuya validez han sido avalados científicamente con creces), que determinan si una mujer es fértil o no en un determinado día.

Los principales signos de fertilidad son 3: las secreciones cervicales, temperatura corporal basal y la posición del cuello uterino (este último es un signo digamos “adicional” que corrobora la información aportada por los dos primeros).
Los FAM o MRF no sólo son unos métodos respetuosos para gestionar la fertilidad (evitar o promover el embarazo), sino que, independientemente de la fertilidad, son unas herramientas muy potentes para valorar y evaluar problemas ginecológicos. Pero, más allá de la valiosísma utilidad que tienen estos métodos en la autogestión de fertilidad y salud ginecológica y global, se encuentra la preciosísima información que te aportan sobre TUS CICLOS Y TU CUERPO, empoderándote con un AUTOCONOCIMIENTO al que TIENES DERECHO A ACCEDER.

Los MRF son prácticamente desconocidos, incluso en las facultades de Medicina. Por eso me he tenido que formar como instructora de métodos de reconocimiento de fertilidad, y he descubierto que ME ENCANTA, me fascina, me engancha; y estoy en FORMACIÓN CONSTANTE Y COMPROMETIDA.

Este conocimiento es algo BÁSICO, que debería de instruirse desde la infancia: el conocimiento del funcionamiento de nuestro cuerpo, de lo que rige e impulsa la vida y su origen: nuestros ciclos sexuales. Es hora de dar voz a nuestro cuerpo. Es hora de escucharnos.

Hay varios MRF. El que yo enseño es el método sintotérmico, por ser el más eficaz y consistente de todos.

¿Por qué Cuerpos Cíclicos?

De esta intención de difundir este conocimiento nace

CUERPOS CÍCLICOS:

quiero desvelar los mensajes que constantemente nos envía nuestro cuerpo (y que nuestro frenético mundo nos impide escuchar); quiero descodificar las señales que a veces casi desesperadamente nos lanza nuestro organismo (y que nuestros vacíos creados desde el exterior y la necesidad impuesta de rellenarlos nos hacen de barrera para captarlas).
Y quiero hacerlo para que tú, vosotras, nosotras podamos ejercer nuestro derecho de autonomía y tomar decisiones basadas en la información y conocimiento, no en el miedo, la inercia y la confusión ni en los intereses del sistema; para que recuperemos por fin la responsabilidad y soberanía que nos pertenece sobre nuestro cuerpo, nuestra intimidad, nuestros ciclos, nuestra sexualidad, nuestras relaciones, nuestra salud. Nuestros cuerpos cíclicos.

Como muchos ya sabréis, el universo, la naturaleza, la vida se rigen por un ritmo cíclico: la vida de las estrellas, los ciclos día y noche, las estaciones del año, y, por supuesto, nuestro cuerpo no iba a ser menos: ciclos vigilia-sueño, ritmos circadianos, ciclos respiratorio y cardíaco, ciclos metabólicos como el del hierro, la urea; los ciclos celulares y, por fin, los ciclos hormonales, específicamente el protagonista de esta plataforma: el ciclo genital femenino, más conocido como el ciclo menstrual.

Para que el ciclo menstrual se reproduzca periódicamente, se requiere un mecanismo de precisión matemática de ajuste y regulación de múltiples factores, interviniendo diversos sistemas en este engranaje, y no sólo el sistema reproductor, sino también el endocrino, el cutáneo, el metabólico, el termorregulador y, en especial, el sistema nervioso, dando lugar a efectos colaterales en cada uno de ellos. Por eso, el ciclo menstrual tiene su expresión también en la esfera psicológica, y que muchas mujeres podemos experimentar, por lo que podríamos decir que hay varios sistemas, varios “cuerpos” que danzan en esta cadencia cíclica. Es una danza pulsátil, viva, fisiológicamente autorregulada, sinérgica, no jerárquica. ¡De ahí el nombre de Cuerpos cíclicos!
¡Si tienes cuerpo, tienes ciclos y aquí eres bienvenidx!